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miércoles, 10 de febrero de 2021

General Cabral y Luna: patriota ilustre (1)

Noticias SC     7:41  No comments

Por TEÓFILO LAPPOT ROBLES


El general José María Cabral y Luna es una celebridad cuyas acciones patrióticas están en altos relieves en las páginas de nuestra historia. Para él la guerra era algo glorioso, en las circunstancias especiales en que le tocó actuar.

 

Nació en el año 1819, en un campo de San Cristóbal llamado Ingenio Nuevo, y murió en Santo Domingo en el 1899. Desde muy joven se convirtió en un sobresaliente luchador por la libertad del pueblo dominicano.

 

De él puede decirse que era “…el héroe en la contienda”, como el personaje aludido en uno de sus relatos por el escritor inglés Rudyard Kipling, galardonado en el 1907 con el Premio Nobel de Literatura.

 

Un simple examen de los resultados de los combates dirigidos del lado dominicano por Cabral y Luna, o de aquellos en los que aunque no los encabezó él sí tuvo incidencia decisiva, permite afirmar que era un gran estratega militar y un hábil táctico. 

 

Previo a cualquier enfrentamiento armado, en una especie de interludio marcial, este adalid hacía una meticulosa y bien sincronizada cartografía del escenario bélico donde se batiría, lo cual le permitía conocer la fortaleza y las debilidades del enemigo.

 

Estudiando las aptitudes guerreras del general sancristobalense Cabral y Luna se comprueba que nunca hacía contraataques localizados, sino que simultaneaba sus ofensivas, con lo cual desconcertaba a los enemigos.

 

Sin duda alguna cabe decir que su apasionante vida puede ser evaluada desde múltiples facetas, pues tuvo categoría de héroe épico.

 

Desde el año 1844 se distinguió en los principales combates librados para obtener y consolidar la independencia nacional. Eran tiempos en que, como decía su contemporáneo el alemán Otto von Bismarck, los problemas tenían que resolverse no con discursos, “…sino a sangre y hierro.”

 

Cabral y Luna fue en la realidad de los hechos una especie de demiurgo de la guerra, aunque todo indica que no tuvo un descendiente, ni siquiera un chozno, que cantara sus proezas, como sí lo hizo Jorge Luis Borges a su bisabuelo materno Isidoro Suárez, el comandante de las caballerías peruana y colombiana en la batalla de Junín.

 

En la sabana de Santomé, territorio ubicado al oeste de la ciudad de San Juan de la Maguana, se desarrolló el 22 de diciembre del 1855 una batalla que marcó un significativo hito en la historia dominicana.

 

En ese histórico lugar cientos de gloriosos dominicanos sepultaron para siempre las ambiciones del llamado emperador haitiano Faustin Soulouque.

 

Allí el genio militar de Cabral y Luna se elevó a los máximos niveles, combatiendo a cielo abierto, no como algunos de nombres sonoros en los libros de historia criolla que en los combates no daban el frente, sino que se refugiaban en casamatas de piedra y barro.

 

Incluso mató con arma blanca, en un combate personal, vis-a-vis, al corpulento, temible y sanguinario general haitiano Antoine Pierre, conocido como el duque de Tiburón.

 

Se presume que para salir triunfante de ese lance el general Cabral hasta debió haber utilizado con suprema pericia maniobras marciales de fintas, patadas y derribos.

 

Si se recrea ese momento crucial, uno puede llegar a  pensar que en ese combate el nuestro, el héroe Cabral y Luna, tuvo que usar frente a la fiera encolerizada Pierre (famoso por tener la fuerza física de un morlaco) uno de esos movimientos de habilidad que en la lucha taurina se conoce como a porta gayola.

 

Cabral no era como el conocido personaje de la imaginación popular dominicana denominado Juancito Trucupey, pero haciendo una extrapolación  coyuntural de él se puede decir que supo usar “…el machete redentor, forjador de libertades, que empuña para ganar con una fuerza testicular…”1

 

En la batalla campal librada en la mencionada sabana de Santomé brillaron por su bizarría y patriotismo cientos de combatientes dominicanos, llegados de todos los rincones del país. Es imposible citarlos a todos.

 

Pero entre los más sobresalientes acompañantes del general Cabral, héroe máximo de ese acontecimiento militar de gran envergadura, es oportuno mencionar a los generales, coroneles u oficiales de alta graduación Wenceslao Ramírez, Juan Contreras, Bernardino Pérez, Pedro Florentino, Aniceto Martínez, Eusebio Puello, Valentín Marcelino, Pedro y León Vicioso, Antonio Sosa, José Leger, Santiago Suero y Andrés Ogando.

 

El general Aniceto Martínez también brilló heroicamente en Sabana Mula, dos días después del hito de Santomé. En ese lugar derrotó a los que cubrían la desorganizada retirada de los intrusos del oeste de la isla, venciendo al dueto de generales Gefrad-Mitton y convirtiendo a cientos de dragones haitianos en verdaderos criaderos de malvas.

 

Pero la determinación independentista del pueblo dominicano quedó todavía más reflejada en un hecho escenificado en el caserío llamado Babor, en un costado de la Sabana de Santomé, descrito para la historia por el mismo General José María Cabral de esta manera: “Una mujer dominicana llamada Polonia de Sierra, con un mocho de machete, y sin más ayuda que su valor dominicano, le dio muerte a un soldado haitiano que tuvo la cobardía de trabar lucha con ella.”2

 

El historiador César A. Herrera Cabral le da categoría de culmen de liberación al ilustre hecho heroico de San Juan al decir, sobre ese importante tramo de nuestra pasado, lo siguiente: “…la gloriosa batalla de Santomé, donde Cabral rubricó definitivamente la Independencia Nacional”. Y dice más: “Esa gloriosa acción de armas, en la cual fulguró la espada siempre victoriosa del general José María Cabral…”3

 

El 28 de febrero de 1857 el entonces párroco de Neyba, Fernando Arturo de Meriño, el cura que llegaría a los más altos peldaños de la nación dominicana, puesto que luego sería Arzobispo de Santo Domingo y Presidente de la República, escribió una carta relatando sus impresiones al visitar los escenarios de guerra donde brilló Cabral y Luna.

 

En ella Meriño dejó esto para la historia: “He ido a Las Matas de Farfán y he pasado por los lugares que han sido teatros del infortunio de nuestros vecinos enemigos y de las glorias de nuestro ejército. He recorrido la Sabana de Santomé de un extremo a otro y he visto varias calaveras, esqueletos enteros, huesos esparcidos acá y allá por toda ella, pedazos de casacas, de morriones, cartucheras, chapas con el águila imperial, puños de bricheces, balas de cañón, tablas a millares de las cajas de municiones, pedazos de tamboras, zapatos, jarros y marmitas, tiras de calzones y camisas, etc., etc., y otros mil vestigios que advierten al pasajero se empeñó allí una sangrienta lucha. Mas, he visto otros puntos, como un lugar llamado Pedro Corto, entre Las Matas y San Juan, en donde se ven centenares de huesos haitianos y otros despojos, lugar en que se peleó ahora también en esta última invasión. Item: he estado en Punta de Caña en el bohío en que estuvo Soulouque…”4

 

Vale decir, en consecuencia, que la hazaña del general Cabral y Luna en Santomé permite hacer en favor de su figura procera exaltaciones similares a la que hizo el poeta José Joaquín Olmedo a Simón Bolívar, por su resonante triunfo en Junín, Perú, el 6 de agosto de 1824.

 

En los hechos el general Cabral demostró que se sabía al dedillo la célebre consigna de Napoleón Bonaparte, resumida así: “En la guerra, la audacia es el mejor cálculo de ingeniería”.

 

Pero es bueno dejar asentado aquí que José María Cabral también fue héroe en la batalla de La Canela, en la cual puso a morder el polvo de la derrota a las bien entrenadas tropas españolas.

 

En la referida hazaña militar de La Canela brilló especialmente el general Andrés Ogando Encarnación, valiente lugarteniente de Cabral, a quien acompañó en casi todos los combates librados contra haitianos y españoles.

 

Andrés Ogando también fulguró posteriormente, en la denominada guerra de los seis años, enfrentándose a tipejos de baja calaña como unos tales Mandé, Solito, Baúl y otros forajidos al servicio del dictador Buenaventura Báez Méndez.

 

Historiógrafos baecistas y santanistas crearon una leyenda negra entorno a Andrés Ogando, como lo hicieron contra otros valientes patriotas como él. Por injusticias así, afortunadamente no escritas en piedras, es cada vez más apremiante hacer una profunda exfoliación en muchos de los libros de historia dominicana.

 

Hay que celebrar que historiadores de la categoría de Sócrates Nolasco y E.O. Garrido Puello salvaron con rectificaciones precisas la imagen histórica del bizarro general Andrés Ogando, la cual yacía en la hoguera de la infamia en que colocaron a ese patriota algunos historiadores con rabo de paja.

 

Pero volviendo a José María Cabral y Luna es obligación decir que en las luchas por la Restauración de la República demostró nuevamente su coraje sin límites, pues no temía enfrentarse contra los enemigos en un épico frente a frente, para lo cual utilizaba el ímpetu implacable de su corporeidad física, su innata cualificación marcial, su gran experiencia guerrera, así como algunas de las técnicas aprendidas en el manual de guerrillas elaborado por el patricio y Ministro de Guerra Ramón Matías Mella Castillo.

 

Esa bravura sin límites no le impidió tratar de evitar más derramamiento de sangre en la guerra de Restauración. Fue por eso que el 24 de junio de 1865 el general Cabral, el Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno restaurador Teodoro S. Heneken y cientos de otros combatientes por la libertad del pueblo dominicano se ubicaron en San Cristóbal.

 

Desde allí le enviaron una comunicación al ya derrotado general español José de La Gándara Navarro para que entregara el mando.

 

Dos días después la respuesta de ese siniestro personaje nacido en Zaragoza fue un carpetazo, rechazando evacuar el territorio dominicano y prometiendo seguir la guerra; pero sabiéndose derrotado lo que hizo fue ordenar quemar la artillería, así como decenas de construcciones en diferentes lugares del país (en Santo Domingo, Samaná, Puerto Plata y Azua), para luego salir huyendo del territorio nacional el 10 de julio de 1865, en el buque Isabel la Católica, que había arribado al puerto de la capital colonial el 28 de mayo del referido año.

 

El ilustre general Gregorio Luperón describe en sus notas autobiográficas el comportamiento del despiadado José de La Gándara: “…despechado, rehusó recibirlos…soberbio y vanidoso… declaró la República bloqueada…continuarán en estado de bloqueo todos los puertos y costas del territorio dominicano.”5 

 

Bibliografía:

 

1- Las 58 Leyes del Poder de Juancito Trucupey. Págs. 72 y 73. Publicado en el 2015. José Miguel Soto Jiménez.

 

2- Duarte y otros temas. Pág. 500, Editora del Caribe, 1971.Alcides García Lluberes.

 

3- Divulgaciones Históricas. Págs.118 y 128. Impresa en 1989. César Herrera Cabral.

 

4- Guerra Domínico-Haitiana. Pág.285. Edición 1957. Emilio Rodríguez Demorizi.

 

5- Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos del General Gregorio Luperón. Tomo I. Págs. 292, 331 y 332.  Editora de Santo Domingo. Edición 1974.

 

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